El marido verdugo

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El marido verdugo

Mensaje  Mata-hari el Miér Mar 11, 2009 2:59 pm

Carolina Coronado nace en 1823 en Almendralejo (Badajoz). Poeta precoz, con sólo trece años se dio a conocer en el ámbito literario con la aparición de un poema en una revista, que causó la fascinación del ya consagrado José de Espronceda, entre otros. Convencida liberal, su familia fue perseguida por los fernandinos, y ella se involucró rápidamente en la vida política y cortesana del Madrid del siglo XIX. Amiga íntima, por un lado, de la reina Isabel II, y por otro militante feminista y liberal, ingresa en el movimiento romántico español como una de las más avanzadas voces del mismo. Se enfrentó a la intelectualidad conservadora, que veía con malos ojos la labor creativa de la mujer (tema que abordó en novelas como “Jarilla”, “La Sigea”, “Páginas de un diario” y “La rueda de la desgracia”). Publicó valiosos y arriesgados ensayos, como “Galería de poetisas contemporáneas” (lo que dio pie a que sus contemporáneos masculinos utilizaran por primera vez el término “poetisa” en sentido despectivo), o el ensayo “Santa Teresa y Safo”, que le procuró tantos enemigos como partidarios. Murió en Mitra (Portugal) en 1911.



El Marido Verdugo



¿Teméis de esa que puebla las montañas

turba de brutos fiera el desenfreno?...

¡más feroces dañinas alimañas

la madre sociedad nutre en su seno!



Bullen, de humanas formas revestidos,

torpes vivientes entre humanos seres,

que ceban el placer de sus sentidos

en el llanto infeliz de las mujeres.



No allá a las lides de su patria fueron

a exhalar de su ardor la inmensa llama;

nunca enemiga lanza acometieron,

que otra es la lid que su valor inflama.



Nunca el verdugo de inocente esposa

con noble lauro coronó su frente:

¡Ella os dirá temblando y congojosa

las gloriosas hazañas del valiente!



Ella os dirá que a veces siente el cuello

por sus manos de bronce atarazado,

y a veces el finísimo cabello

por las garras del héroe arrebatado.



Que a veces sobre el seno transparente

cárdenas huellas de sus dedos halla;

que a veces brotan de su blanca frente

sangre las venas que su esposo estalla.



¡Y que ¡ay! Del tierno corazón llagado

más sangre, más dolor la herida brota,

que el delicado seno macerado,

y que la vena de sus sienes rota!...



Así hermosura y juventud al lado

pierde de su verdugo; así envejece:

así lirio suave y delicado

junto al áspero cardo arraiga y crece.



Y así en humanas formas escondidos,

cual bajo el agua del arroyo el cieno,

torpes vivientes al amor uncidos

la madre sociedad nutre en su seno.

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